El libro de programación

En Vigo, hace ya algunos años

Érase una vez que se era, un libro de programación. Tenía un gran titular en su portada, en llamativas letras latinas, bañadas en colores de oro rojo y azul plata. El nombre del autor era tan desconocido, que aparecía en letras muy pequeñas rotulado con el nombre de anónimo. Era pesado y enorme por su naturaleza, e incómodo de llevar, ya fuera en la mano o dentro de una cartera. A pesar de su grandiosidad, tenía un precio asequible para el bolsillo de cualquier ávido estudiante, o para cualquier profesor de la materia. Sin embargo, el librero estaba a punto de quitarlo del estante, pues llevaba unos dos años en el mismo, y nadie, ni siquiera por curiosidad o despiste, había abierto su portada.

Pasaban ya las once de la noche, cuando el librero, cansado y aburrido, se disponía a cerrar “la fortuna”, que así se llamaba la librería, en recuerdo de un amor de su juventud. Había sido otro día en soledad, pues desde hacía un par de años, prácticamente nadie entraba en la librería, salvo impertinentes jovenzuelos que buscaban únicamente alguna que otra golosina, o tabaco, y alguna que otra revista. Estaba ya echando la verja metálica, cuando un joven de gafas oscuras se le acercó. A pesar de su edad, y estar acostumbrando a todo, se puso algo nervioso y en tensión, pues la vestimenta de joven hizo ponerle a la defensiva. Sin embargo, al presentarse el joven con educación, y con una voz clara y sosegada, se sintió tremendamente relajado como nunca se había sentido antes. El joven, directamente, le preguntó por el libro de programación. El librero, con voz algo azarosa y con aspavientos le dijo que era muy tarde, y que no eran horas, y que volviera mañana. El joven insistió. Le dijo que tenía que ser ahora, que mañana sería demasiado tarde, y que se lo llevaría sin pagarle absolutamente nada. El librero se echo a reír, y maldijo las pretensiones de la juventud de ahora. Y sin saber muy bien el porqué, subió la verja metálica, y abrió la puerta de la librería. Fue a coger el libro de programación para dárselo, pero el libro de programación ya no estaba. Miró al joven, y éste, con una sonrisa en sus labios, le respondió: -“Gracias”- y se marchó. El librero no entendía nada, se quedó allí de pie, sólo, parado, y empezó a llorar, y puso su mano en el pecho, y se agachó, y lloró una vez más. Después, mucho más tarde, se levantó, cerró la puerta y echó la verja metálica, y se marchó a su casa. Llegó tarde a la librería al día siguiente. Buscó en el inventarío el libro de programación, pero no recordaba el título, y tampoco estaba muy seguro que era lo que estaba buscando. No pudo seguir buscando, al poco rato, empezó a entrar gente. Entre la gente se encontraba su hija, que no había visto desde hacía dos años.

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