La nota del salón

En vigo, hace ya algunos años

Carlos había vuelto a casa después de una dura jornada laboral. Su cansancio se reflejaba en la cara de pocos amigos que traía. Se extrañó que la puerta del piso estuviera aún cerrada con llave. Era muy tarde, y su esposa Laura no le había llamado. Se dispuso a comer algo frío de la nevera. Cocinar no era lo suyo. Laura lo hacía a las mil maravillas. Su cara de pocos amigos se torció ahora en una cara larga de tristeza. Lo único que hacía soportable el trabajo, era volver a la noche, y recibir esa sonrisa compresiva de su esposa, y sus caricias. Charlar sobre los planes de futuro, mientras ella preparaba la cena, y poder cogerla de la mano mientras cenaba, eran para él, un regalo caído del cielo. Se fue al salón, y se puso a ver el telediario. Sin mucho apetito cogió del plato, entre sus manos, unas lonchas de queso y un trozo de pan. En la mesita del salón había sido dejada una nota.

La noticia había conmovido al vecindario. Nadie se lo podía imaginar. Un montón de curiosos habían acudido al número 9 de la Avenida de la Soledad para ver como retiraban el cuerpo sin vida de Carlos Sánchez, empleado de una oficina de seguros. Una vecina con unos rulos de colores en el pelo y bata de casa, que solía estar siempre pegada a la ventana, había comentado a la policía con muchos aspavientos, que no había visto nada, pero que le pareció haber visto a la esposa de Carlos Sánchez, de nombre Laura, marcharse a eso de las diez de la mañana.

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