El pequeño gorrión

En Vigo, hace algunos años

Cuando era pequeño, de unos ocho o nueve años, realizaba mis trastadas como algo de lo más normal. A eso de las cuatro de la tarde, subí al desván. Se había quedado atrapado un gorrión. Como otras veces, que esto había sucedido, me disponía a atraparlo. Seguramente le rompería las alas, y después seguramente lo ahogaría en el pilón.

Pero está vez, sentía la necesidad de abrirlo, de ver sus tripas, de esparcir sus sesos por la ventana. Con esa idea en la mente, cogí una escoba, y le di un golpe certero, que lo envío contra la pared. Me acerqué.

Se me sobresaltó el corazón; me entró un pánico atroz. Quizá temía el castigo de Dios. El pájaro latía de forma descomunal. Estaba como inconsciente. Lo cogí entre mis manos temblorosas, y empecé a llorar.

Qué clase de animal era yo. Alguien grande que usa una escoba para acabar la vida de un ser vivo pequeño e indefenso.

Después de calmarme, bajé hasta un pequeño huerto, y lo solté entre las hiervas. Me senté a unos metros de distancia. Después deambulé de un lado para otro. En las primeras horas de la noche comprobé que el gorrión ya no estaba. Me sentí aliviado y perdonado, y mis trastadas tomaron otro rubo.

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