Las escaleras

A la edad de once o doce años tuve una caída desde una altura de algo más de 3 metros. Fue un golpe duro y seco sobre cemento, me quedé a cuatro patas como un gato. Me temblaban todos los huesos del cuerpo; por fortuna sólo disloqué un hombro. Desde aquella, tengo cierto vértigo a las alturas, y de “saltitos” va mi sueño.

En mi sueño era algo más pequeño, tal vez 9 o 10 años, salía de clase o de una fiesta del colegio. No sé. Sé que llegó la hora de irse. En mi sueño, el colegio se encontraba en lo alto de una montaña, y para llegar a casa, teníamos que descender por unas escaleras situadas al precipicio de la montaña. Los primeros peldaños fueron fáciles de bajar, a pesar de tener que dar algún que otro salto. Pero cada vez se hacían más y más altos. Mis compañeros y amigos, estaban llenos de felicidad, se lanzaban de cabeza, y daban volteretas en el aire. Yo lo pasaba mal, tenía miedo, y aunque había mucha altura entre los peldaños, y al caer al siguiente no me pasaba nada; sentía con el golpe como se estremecía mi cuerpo, y saltar al siguiente peldaño era un suplicio. Mis compañeros y amigos los había perdido de vista, y mi siguiente peldaño era como dos o tres edificios de altura, me lancé, quería llegar a casa, y cuando mis pies iban a tocarlo, me desperté.

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