El devenir del tiempo – El dios de la muerte

En Vigo, hace ya algunos años

El santuario de los dioses hacía siglos que yacía  en ruinas. Sólo algunas columnas seguían erguidas al devenir del tiempo. Y en el trono, que llamaban el trono de la verdad, sentado, e inmóvil, como no podría ser de otra forma, el dios de la muerte, seguía una y otra vez ensimismado con sus pensamientos envenenados de autodestrucción.

 No le importunaba que un niño alegremente corriera por el santuario. De un lado para otro, riendo y soltado carcajadas, viendo volar su cometa de vivos colores. A pesar de los siglos transcurridos, y que su sabiduría era ya milenaria, una y otra vez sus deseos de desaparecer de la faz del universo consumían sus días y sus noches.

 Quien sabe por qué. Su afán de demostración de poder, de demostrar a todos los demás dioses del universo su omnipotencia. O simplemente, que el destino, que se escapa a sus pensamientos y deseos, era así. Lo cierto es que abrió sus ojos llenos de ira, y su mirada helada como su propio nombre recorrió el cuerpo del niño en forma de brisa.

El niño hasta entonces, disfrutaba como nunca con su cometa, ajeno a los pensamientos de los dioses. Había descubierto el santuario en una de sus caminatas por el frondoso monte, y no temía el silencio sepulcral de lugar, donde ni siquiera los ruiseñores se atrevían a emitir sus cantos vivaces. Su comenta volaba alto, y su semblante era alegre como el arco iris.

Sintió la brisa, y fue soltando el hilo de la cometa lentamente. Y una vez que lo hubo soltado, ésta se desplomó como un rayo cayendo a sus pies. Miró hacía atrás, y pudo ver como los ojos abiertos del dios. Atónito y sin saber como, empezó a correr hacia él, mientras sentía como su corazón latía cada vez más lentamente, y sus pasos se volvieron vagos y pausados. Sofocado, llegó ante el dios, y supo a pesar de su corta edad, que su tiempo se había agotado. El dios de la muerte cerró sus ojos, y el niño se desplomó a sus pies.

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