Vida subterránea – 1 – el castigo

En Vigo, 17 de marzo 2011

Sueño adaptado: Vida subterránea -1- El castigo

Entre las paredes del túnel se perdía mi mirada. Esperaba… Eran dos minutos de detección al menos… dos minutos interminables… dos minutos para recordar… No recordaba a mis padres… No recordaba si los había tenido.

Tal vez fuera una fría guardería… tal vez…  lo fuera. Tal vez… los cuidadores nos trataban con cierto desdén… tal vez… nos trataban como les habían enseñado. Quizá… quizá cierto día… quizá cierto día, pronuncié la palabra mamá, quizá cierto día… uno de los cuidadores… habló de mí a un miembro del consejo… Quizá cierto día… éste… ordenó que se me borrara la memoria… ¡cómo es que puedo recordarlo!

Los demás siempre veían en mí a un oficial de primera indeciso, débil y miedoso, cobarde y sin agallas, solitario y apocado. Quizá tuvieran razón… quizá me conocían mejor que yo… quizá debía de abandonar.

Los oficiales que me acompañaban estaban algo crispados por esperar esos dos minutos… Hasta los fusileros de infantería aceptaron a regañadientes su colocación en el túnel… Hasta los ayudantes sonreían maliciosamente entre dientes, dándose de entendidos.

Quizá una anomalía… quizá un cruce de datos… quién sabe… pero creí observar una anomalía en la pantalla de detección… una anomalía simplemente. Un simple gesto… un simple gesto, y uno de los oficiales de segunda, como si de un paseo se tratase, se acercó a la pantalla, y simplemente, le dio unos  golpecitos, y simplemente se encogió de hombros como afirmando que no era nada. Simplemente… simplemente por seguridad, simplemente por miedo, simplemente por cobardía… opté por repetir el escaneo… habría que esperar… habría que… otros dos minutos de tortura esperaban.

Todos mostraron su reprobación… nadie quería esperar… quizá…  volvían sutilmente los recuerdos…  recuerdo que unos años más tarde, siendo un chiquillo… recuerdo estar en una sala… Recuerdo estar en una sala… quizá fría… quizá alejada. Demasiado alejada del Templo de Nombres. Y en esa sala, aparecían mal escritos… mal escritos estaba una inmensa lista… una inmensa lista de nombres.

Algunos decían que eran los olvidados… algunos decían que era garabatos: unos garabatos simplemente. Simplemente nombres…  Simplemente… quizá Elisa y Pablo. Elisa y Pablo se me grabaron como fuego en carne, como hielo en la mente. Nunca he sabido el porqué. Nunca pude averiguar nada de ellos. Nunca he sabido quienes eran, qué hacían,  y cuáles eran sus rostros, y cuáles eran sus sentimientos.

No había pasado un minuto… no había pasado un minuto cuando otro oficial de segunda, sin mi consentimiento, optó por poner el mecanismo de apertura de la puerta en marcha. Todos mostraron sus rostros de satisfacción,  todos… tal vez sedientos de la imperiosa necesidad del momento, de contemplar la apertura de la puerta, aunque les condujese a la muerte. No importaba mucho. Serían venerados en el Templo de la Oraciones, y su semen fecundaría a las vírgenes en los rituales de la gloria, y los óvulos serían fecundados el día de la Ciudadela. Morir así era como volver a vivir, y haberle sacado a la vida el máximo jugo posible. Nacimos así, nos educaron así… ¿Por qué a mí me importaban mis sentimientos? ¿Acaso eran sentimientos? ¿Por qué a mí me importaba la asquerosa y despreciable vida que llevaba? ¿Acaso era vida? ¿Acaso estaba loco?

No hubo enfrentamientos… no hubo enfrentamientos pues ninguna máquina T estaba al otro lado de la puerta. Llegamos rápidamente al punto de encuentro; ya no era una odisea infernal alcanzar el nivel tercero externo… Ya no era una odisea infernal ver morir a un compañero.  

Aún así debían de seguirse los protocolos básicos de seguridad. Pero no fue así. Ignoraron las normas básicas de protección, argumentando que su oficial de primera, así se lo habían enseñado, y así se aplicaba, y así ellos lo hacían. A la vuelta, según ellos, en el nivel uno, se aplicarían los protocolos necesarios: Eran los nuevos protocolos. Yo me había quedado obsoleto.

Mi papel en el ascenso era simplemente protocolario, y quizá una artimaña más de esa panda de maleantes del  comité de oficiales. Desconocía a los oficiales y a los fusileros de infantería a los que dirigía en el ascenso: Eran jóvenes, fuertes, inexpertos y temarios. Ciertamente, me sentí de lo más incómodo y confuso. Ciertamente estaba acabado. Ciertamente era débil.

No era lo habitual. Cuando un oficial de primera se hallaba indispuesto, se suspendía la ascensión. Era de vital importancia la perfecta coordinación entre todos los miembros que formaban el equipo de ascenso. En caso contrario, la muerte podría ser segura. La ascensión era necesaria y urgente: Unos científicos provenientes de la zona sur del planeta, debían de llegar a la Ciudadela lo antes posible.

Ya no acudía desde hacía bastantes años a las reuniones de oficiales, donde se debatían las ascensiones. El jefe de oficiales y toda su cuadrilla de agentes del comité  me daban las órdenes de forma indirecta. Yo ya era un viejo que estorbaba. Yo era un viejo que no se emborrachaba. Yo era un viejo que no seguía los rituales, ni disfrutaba de sus festines carnales. Yo era un solitario al que pronto le llegaría la muerte.

Los científicos me parecían mentalmente ausentes. Y los que les acompañaban, tenían los ojos como salidos de sus órbitas… quizá estuviesen drogados…  Había niños. Había niños a los cuales había que anestesiar. Nada se hizo. Mis órdenes eran ecos en la lejanía que nadie escuchaba.

Ya de vuelta, en los cuarteles de la muralla cero, me sentí algo más aliviado. Me sentí como en casa, mas una casa extraña. Presenté el informe lo más detallado posible, exigiendo una investigación y el correspondiente castigo.  Al cabo de unas horas, se celebró una reunión con urgencia con algunos agentes del comité. No se mencionó ninguna sanción para los oficiales a mi mando. No se me permitió revisar la pantalla de detección ni los sensores; y ante mi insistencia, fui amonestado, y retirado del servicio una semana. Una semana para olvidar. Una semana para reflexionar. Una semana en la que ponía poner fin a mi vida.

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