El espejo de mis ojos

En Vigo, hace algún tiempo

Me siento desolado. Ojalá tuviera las fuerzas suficientes para dejarlo todo. Tuviera la valentía de abandonarme como un trasto viejo e inservible. De empezar a caminar por esa vía del tren oxidada y remota. Recordada únicamente por los ancianos del lugar en su niñez. Y perderme en su destino inalcanzable en el tiempo. Puedo soportarlo todo. Todo lo que me digan. Todo lo que murmuran. Todo lo que callan en palabras pero muestran sus ojos. Incluso, todo aquello que dicen sus espaldas. Todo.

Casi todo. Desdichado me siento al no poder acallar mis ojos. Mis ojos que veo cada mañana, cada tarde, cada noche, delante del espejo. Sus verdades y sus mentiras, se me clavan como puñales en el alma totalmente desnuda a su merced. No hay donde esconderse. No hay un interruptor donde apagar la luz. No hay nada en la vida que pueda aplacarlas. Y si cierras los ojos. Si cierras los ojos es terriblemente peor. Te conviertes en espejo de ti mismo. A todas horas, a todos los minutos, a todos y cada uno de los segundos. Cada segundo, el tic tac de la verdad de la mentira de la soledad del fracaso del abandono del miedo del sufrimiento de la cobardía de la vergüenza del temor de la existencia de uno mismo. Martilleándote una y otra maldita vez: Tic tac tic tac. Todo. Todo está ahí. En el espejo que llevamos dentro.

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