Simpático

En Vigo, a 30 de marzo

Aprende a ser simpático en 21 días

Sólo espero que a nadie se lo ocurra realmente escribir un libro con semejante título. Quién sabe, a lo mejor ya lo hay. A lo mejor resulta que soy hasta simpático, y no me he enterado, y no necesitaría del libro. Pues sí, quién sabe. Mis escritos suelen reflejar perfectamente lo simpático que soy. Vamos, hasta una mosca disecada reviviría con mi simpatía, quedaría catatónica.

Realmente suelo ser más simpático los domingos por la mañana cuando doy mis paseos por los astilleros. Con mi vestido blanco, mi peluca rubia, y mi flor en el pelo y los zapatos de tacón de aguja y el paraguas abierto al sol. A veces, hasta voy con mi camisón semitransparente, ¡ay, tendríais que ver lo mono que voy! Y por supuesto, ¿no lo adivináis? llevo por debajo trapitos de encaje color rosa pasión.

O podría vestirme de payaso, a lo mejor consigo que me lancen una buena tomatada y unas lechugas, y cebollas, y aceite, y ya podría preparar la ensalada. Y ya puestos, podrían lanzarme un chalet en la playa y otro en la montaña, y un ferrari,  y la Campsa, y un par de millones en el banco, etc. Aunque bien pensado, el payaso suelo hacerlo ya en mi trabajo sin necesidad de disfrazarme y sin pintarme, lo cual podría llevarme a todo un problema existencial: ser un payaso sin disfraz, o ser, con disfraz de payaso.

Pues  sí. Ojalá fuera una carcajada aunque fuese de un pedete salida. Tendría torpedo por sonido, y pinzas por aroma. Tendría la existencia de una sonrisa maravillosa, reflejada en unos ojos apasionados que nunca se cerrarán.

Sí. Ojalá fuera simpático por un instante, aunque sólo fuera para cumplir un sueño, un deseo, una esperanza.

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