Palabras escritas

En Vigo, a 6 de abril

Dado que mi capacidad para escribir con un mínimo de decencia está muy lejos en el tiempo, y tengo mis dudas que pueda mejorarla, dado que no está entre mis pasiones, ni mis prioridades, dudo mucho que pueda llevar a cabo la categoría  cuentos. Tal vez quede en mini, o en Renault, o en Citroën. Un chiste sin gracia del que uno no se ríe aunque vaya a una farmacia y le receten “Risidín”.

Algo así como el 3d, las matemáticas y la física. Algo así como tocar un instrumento musical. Me llamaba el piano, pero como nunca le encontré el timbre, y menos una puerta, me quedé en la entrada  de toda posibilidad de averiguar el nulo talento que poseo.

De adolescente era ya un patoso, a pesar de nunca tener parientes  de esa familia, que no sabía ni llevar el compás más simple ni con un tambor, ni tan siquiera con la ayuda de la escuadra ni el cartabón. Y dibujar una línea recta algo tan imposible como que en Vigo no halla cuestas, aunque la de enero nunca he sido capaz de subirla ni en bicicleta.

Que esté mezclando ajos con cebollas, es lo más normal del mundo si uno desea cocinar una tortilla de patatas sin huevos y sin patatas. Por lo que si no sé diferenciar el sonido del violín del violonchelo, menos podré aún componer una pieza del rompecabezas, aunque tome una aspirina.

 A lo que iba, que será del dieciocho por ciento  ¡vaya! que ese IVA es con h de Tarragona. ¡vaya!  Había olvidado lo genuinamente genial que hay que ser para decir B de Barcelona. Sería un genio dentro de una lámpara. Podría borrar al menos los sentimientos con un simple pensamiento. Tal vez sería amoral, felizmente amoral. Despertar y no saber quien eres. Eso sí sería felicidad.

Mas no. Soy un enfermizo que arrastra todas sus acciones y emociones y sentimientos como condena en la eternidad. Así me va en la vida, que ni un “hola” sé pronunciar con elegancia, y menos con valentía. Así provoco lo que provoco, y no hay nada que se puede demostrar con palabras pues las lleva el viento, y los hechos pasados son los que prevalecen. Será que no soy guay ni siquiera ante un espejo.

Ojalá fuera un canalla, o un miserable, o un loco menos cuerdo, me encogería de hombros y a otra cosa mariposa, que en la vida sobran flores de todos los colores. Pero no. Soy tan idiota, que cualquier idiota a mi lado es ministro o político o algo inteligente, y sigo condenándome por provocar lo que nunca debí provocar. Es inevitable.  Ojalá fueran sólo palabras pronunciadas al viento. Un viento el cual ni se nota su presencia, como aleteo de mosquito al que le queda un día de vida.  O fuera suficiente cerrar los ojos  como en un sueño. Un sueño que no se recuerda, de esos que decimos “no he soñado”. O fuera suficiente el paso del tiempo. Acabaría convirtiéndome en fantasma que no asusta ni a un niño pequeño. O puede que exista la vida en la más allá, lo cual sería una verdadera… Ser como yo sería como vivir eternamente en el purgatorio.

Ojalá pudiera dejar en el olvido mis faltas, mis pecados y errores. No. No sé perdonarme a mi mismo. Y no, no hay confesión que valga, ni palabras, aunque estén escritas para la eternidad.

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